martes, 7 de junio de 2011

Las horas del reloj

Un sonido de guerra, ensordecedor, explota al suspiro cercano de tu respiro constante. Va en reversa y regresa, constante y sonante, día tras noche y noche tras día. Marca la simbología de los momentos y los instantes, alargándolos o comprimiéndolos. Cuestión de velocidad y percepción.
Espanto tras pisar los escalones fríos de las manecillas. La yema de los dedos se acerca y, al tocar la cuerda, se escucha un breve segundo morir. Ahí es cuando el mundo entero se detiene: las promesas de los amantes se congelan, el edificio en llamas permanece en infierno eterno, los cristales revientan en espiral. Al giro siguiente, todo regresa al estado natural. Tiempo.
Tic-tac-toc. Vaivén de sonrisa y miedo, marca cada segundo con dos brazos delgados y bien formados. Tienen estilos diferentes: desde lo sofisticado hasta lo más sencillo. Reloj que da las horas para no sufrir, para no llorar, para no reír y para sentir miedo. Sudor frío escurre sobre sus frentes ante un tablero lleno de estrellas.
Las horas del reloj siempre vienen después de la risa o antes de la prisa, envueltas en velos de solemnes colores. Uno, dos y tres para la falta de porqués. Horas pasando, caminantes eternas frente a los rostros, no dan tregua ni palabra de honor. El reloj cae contra el piso y estrella el pavimento con su duro cristal. Superficie pesada que se pierde en colores, letras, números y decorados. Allá al fondo está el remolino y, aunque intentes correr, terminará por absorberte.

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