Me puse el abrigo largo, el negro, para impedirle a la lluvia pasar a mis brazos. Tomé el sombrero y lo coloqué sobre la cabeza. Salí y vi el mar de gente meciéndose de un lado a otro, entre paraguas y gotas tupidas. Entonces salí a encontrarme con el pavimento mojado.
Llevaba puesto el reloj, aquel de la otra vez. Avanzaba a sus ritmos torcidos, como los textos que van en salto continuo. Enfrenté una horda de personas aguerridas, abriéndose paso por calles y calles. Parecían estar llenas de todo tipo de rostros, de zapatos chorreados, de lágrimas ausentes. Sin darme cuenta, choqué con un hombre. Seguí mi camino.
Al paso iba alejándome del bullicio. Iba arrastrando las rotas suelas de otras vidas. Volteé y vi la hora, pero el reloj estaba roto y su torcido recorrido se había detenido. Me cubrí la muñeca y me metí en los callejones.
–Señor, ¿ha visto usted trozos de cristal regados en el suelo?
–No, yo sólo he mirado al cielo mientras llueve.
–Es que se rompió el tiempo de mi reloj. Se escurrió fuera de la caratula cuando choqué con alguien.
–Dígame, ¿conoce usted el tiempo?
–De una forma rara.
–¿Y cómo sabe que se le escurrió éste y no el reloj?
–Porque ahora las manecillas avanzan como las de cualquier reloj común.
–No se preocupe, de todos modos el tiempo avanza como mejor le place.
–Me ocupa mi invisibilidad, es todo.
Ya no busqué ningún trozo de ninguna cosa. Me paré a mitad de una calle vacía a la vista. Me hinqué sobre el asfalto y seguía sosteniendo la muñeca. Finalmente, me di cuenta de mi liberación de aquel calabozo. El cuerpo se sentía más ligero pero yo no podía respirar bien, era cuestión de acostumbrarme al aire contaminado y la invasión repentina de seres enmascarados; las distancias grandes entre edificios y campos llenos de pasto, entre ayer y mañana.
Se rompió el tiempo, el reloj continuaba marcando horas.
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