viernes, 8 de julio de 2011

No queda camino para correr

Siempre se recorre un largo camino para llegar ahí. Parado en el centro, rodeado de miles de personas, no se ve la magnitud de un lugar así. El pasto sirve de almohada al sueño de los zapatos y el sol empieza a ponerse, a despedirse del día. El espectáculo está a punto de terminar pero, sumido en alienación, no se ve venir.
Suenan los acordes de una guitarra que lento comienza. Al inicio de la canción se puede dar cuenta del final, no se necesita una indicación certera. Sudor, enajenación, expectativa, emoción. La garganta se rompe en hilos de sangre invisibles y, realmente, no se siente. Atrapado en medio de toda la masa de personas, no queda camino para correr.
Se conecta el corazón al otro lado de un escenario, sobre el cual hay una banda. Cuando el ambiente es propicio, ocurre esa especie de sinapsis mística que llega a carcomer las entrañas. El estómago se proyecta en vacío y la vista se nubla; los oídos explotan y el sudor se cristaliza en la frente.
Es el sabor dulce y amargo de una ruptura silente, al momento de finalizar, ante la explosión de los últimos rayos solares y el quiebre de las nubes para dar paso a la noche. Ahora acabará, en cuanto los amplificadores se destrocen, la masa se aplaste para dispersarse.
Ellos acabarán por darnos la espalda, aun con la súplica de las voces. Finalmente, nosotros haremos lo mismo y nos iremos, dejando una huella masiva, de la cual sólo quedarán restos. Habrá, por lo menos, dos voces con sus versiones oficiales; muchos pensamientos girarán como satélites por cabezas aledañas; otros callarán por su sanidad mental. Pero parado en el centro de esta extensión verde, al observar la noche caer y la magnitud del pasto, no queda más camino para correr. Se acabó.

No hay comentarios:

Publicar un comentario