jueves, 27 de octubre de 2011

La luna de octubre

El cielo es oscuro. Bajo su manto todo reposa en tranquilidad. Los árboles van y vienen, van y vienen, al ritmo del aire de otoño. El pasto en calma alberga un par de cuerpos que, tendidos, se dejan llevar por sus emociones.
El cielo está despejado. En cuestión de minutos, las nubes aparecen y se acumulan en la bóveda. Parecen estáticas, cual algodón adherido por manos desconocidas. Minuto sobre minuto, el tiempo no se percibe, las manecillas del reloj se ven inmóviles, aunque realmente avancen más rápido que de costumbre.
La noche empieza, la noche es joven. La luna está en el punto más alto, como una lámpara de foco pequeño, lejana, plateada, manchada. Los dos cuerpos se juntan y ruedan sobre el pasto, sin sentir la humedad de la tierra.
Avanza uno tras otro, con ropa oscura y desgastada. Uno tras otro, se siguen sin perderse de vista, sin separarse, en una extraña reunión que sólo ocurre una vez al año. Las nubes se juntan más, en forma de una espiral se acomodan y van girando lentamente.
La luna de octubre es testigo de una ceremonia desenganchada de todo el mundo: un ritual de dos y para dos, alejados por la distancia y reunidos ahora por el letargo, la inconsciencia, la posición fetal.
Dos entes de carne y hueso. Se toman de las manos y se miran a los ojos. Después se abrazan y quedan enganchados. El frío es impasible, la ropa es muy gruesa y las lágrimas están ausentes. Caminan juntos, corren en círculos. Se recuestan en el pasto y se levantan. Se juntan, se separan; se miran, se ponen espalda contra espalda. Los vacíos de sus corazones se rellenan.

Entonces él comienza a mover la cabeza. La luz empieza a molestarle.

Regresa al bosque, al momento en que las nubes son un remolino, un remolino que no deja pasar los reflejos de la luna. Huele a un perfume conocido, uno de hace mucho tiempo, sobre la piel de hace un par de años.
Dentro de la imagen, ambos cierran los ojos y ven pasar el carrusel de imágenes en un par de segundos. Segundos pasan, más lento, más rápido. Los olores se hacen más fuertes. Se recuestan en el pasto, se toman de las manos y miran a la espiral gris que tienen arriba. Los árboles crujen, sus corazones revientan. Se duermen.

—Despierta, despierta.
—Todavía no es hora.
—Cuando el sol brilla, es momento de levantarse.
—Pero yo...no quiero, no todavía.
...Y el diálogo siguió, hasta que se levantó.
Entonces se vio en la recámara, solo. La luz entraba por una rendija.
Se sentó en la cama y miró con atención las paredes y no supo qué hacer.
El reloj marcaba una hora, ya era tarde. Mejor prepararse e irse, momento de vivir.

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