jueves, 10 de noviembre de 2011

Rebobinados

Amante mío, que me has dejado a la penumbra de tu voz y a la deriva de tus ojos, que te has convertido en humo; tu estela de polvo has querido dejar. Escucha este llanto, amante mío, entre los sonoros metales de este tránsito. Hemos partido nuestros labios y sentido el vacío de la separación, donde

"El presidente de la república inauguró ayer la Feria Internacional, después de dos horas de retraso. A este acto asistieron mandatarios de 70 países." Así comenzaba la nota que Benjamín leía, después de haber soltado el bolígrafo y doblado la hoja por la mitad. La carta le pareció lo suficientemente poética y dramática como para dejarla inconclusa, sintió pena por lo que había escrito. Se levantó con el periódico bajo el brazo y salió al balcón a contemplar la mañana nublada, fría. El café oscuro, fuerte, sabe mejor ante el gris de la ciudad, frente

Quiso tachar la última frase. Pensó que lo del café era pésima idea para dar continuidad a su historia. Pensó en hablarle, pero controló su impulso. Dejó de teclear en la máquina y tomó el cigarro, aunque no pudo dejar de dar vueltas por el cuarto. Su intención nunca fue retratarlo así, como si no pudiera observar a través de él, sabiendo, de antemano, que es transparente. Hacer un retrato del ser amado con letras puede ser un arma de dos filos: las sonrisas nunca quedan bien hechas y no hay

¿Sonrisas? ¿Qué carajo había puesto? Ni siquiera estaba consciente. Los retratos son para los libros de arte, no para las buenas historias. ¿Qué está pasando? No lo sabe. Prefirió mirar por la ventana y ver la tarde, la luz que pasa entre las hojas de los árboles y salir a correr, a perseguir perros por el parque, a ver historias sobre la calle y despejarse. No supo cómo despojarse de sí mismo para escribir bien, las palabras parecían rebuscadas. Mejor tomó un cigarro y lo encendió antes de

Tomó el frasco y vació toda la tinta sobre la libreta. Nada servía, nada podía usarse. Aborrecía el texto, como quien crea un monstruo y no puede mostrarlo a la luz del día. Soltó todo y se dejó caer sobre las almohadas que parecían abrir un mundo lejano, plateado, alterno. Agarró la jeringa, se amarró el brazo hasta lograr sacar la vena y se inyectó el líquido que

Demasiado sórdido. Tachó todo y cerró el cuaderno. El día tenía una vibración especial, un día en que las calles de la ciudad están vacías, en que el sol se oculta después de mediodía para dar paso al llanto, en que los sentidos se abren hacia los poros de los amantes. Él quiso ver todo eso, mientras el cielo pasaba de gris a azul, mientras dibujaba sus labios en otro lugar, mientras veía pasar el viernes santo y sus procesiones sin

¡Basta! Aventó todas sus hojas lejos y mejor salió a dar un paseo por la campiña

Campiña, qué palabra tan rudimentaria. Mejor borrarla.

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