Entre luna y luna,
los pies lacerados,
la mar antigua
y los ojos muertos.
Era un largo sendero para caminar, un ancho mar y la costa, extendida a lo largo de la noche. Pies desnudos, lacerados de tanto andar, llenos de sangre, dejaba sus huellas sobre la arena. Sal, lastimando sus dedos. Sal, que no borraba su trayecto en medio de una oscuridad que le aturdía, le perdía al fondo de un abismo, del cual parece no haber salida.
Era largo, muy largo. Se repetía hasta el infinito. Las estrellas se asomaban entre las nubes, las olas azotaban contra la orilla. Pesados, los pies se veían como ampollas, repletas de sudor, de pus. Ardientes rocas a punto de una explosión y el deseo imperioso por dejarse caer, le hicieron derrumbarse a mitad de la arena, frente a una multitud de cadáveres sobre la costa, pero no los vio.
Brazos sobre piernas, piernas sobre cabezas. Cuerpos desnudos, que al paso inexorable del tiempo retumbarían en su mente como el ruido de cascabeles óseos. Un bello tapiz, homenaje a la necrófila perversión de un rey sin corona. Un baño de sangre en medio del océano, una obsesión por las causas perdidas y las guerras sin razón.
Estaba ciego. Había estado tan ciego, en medio de una penumbra, tomando cualquier camino desconocido, a la deriva del viento. No pude verle parado ante mí, ni siquiera le miré caminar a mi lado, no escuché su voz cuando profería palabra y nunca le vi esperar, durante todo este tiempo.
Cuando despertó, no había dinosaurios. La luz que permeaba entre las hojas de los árboles le abrió los ojos. Tirado al lado de un árbol estaba. Levantaba sus pies, el pasto se le clavaba como púas a las manos del ladrón. Miró a los cuerpos, extendidos sobre todo el bosque. Notó el cambio y, con él, un leve perfume que le dormía el ánimo y relajaba todo su ser, un aroma que le iba matando poco a poco. Miró los cuerpos, ahora dispuestos sobre la hierba, con ropas mínimas, limpios. Miró el cielo abrirse antes de entrar en inconsciencia y llegar al purgatorio, perdido entre una imagen dantesca y la oscuridad de sus propios pensamientos.
Entre luna y luna, la mar fuerte y las olas que azotaban antes del rompimiento del sol en las nubes. Miró el ancho y largo sendero, con la oportunidad de enmendar una vez más su andar. Sus pies, heridos y desgastados, ahora estaban cubiertos con escuetos vendajes. Tenía que explorar, de nueva cuenta, para salir del azul y observar el amanecer, sumido en el olor a libertad que tanto anhela.
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