Después de un rato de saltar decidió alejarse de su propio palimpsesto, al cual ha tachado muchas veces. Dentro de un radio breve, pone los pies sobre el pasto y vuelve a despegarlos, asegurándose de no pisar el mismo punto, siempre pendiente al ojo que le mira, recargado sobre sus tres patas.
Antes de tomar la cuerda, Javier se fue con la pelota entre las manos, corría. Esta vez no hubo mirada tras de él. De la misma forma, quiso tener certeza de no regresar por los pasos que dio.
Se ensució el palimpsesto de lodo, junto con los zapatos. El pasto siempre ha sido un excelente lugar para sentarse.
Regresando al momento de su estática, se quedó pensando en el sol. Ahí, tendido en el parque. No quiso escribir sobre su palimpsesto y lo grabó mentalmente, como si tomara una fotografía y la guardara para el recuerdo.
Al atardecer, regresó a casa. Caminaba y, sobre las pisadas, iba raspando en el mismo objeto de todo el día. Al llegar, tomo la cámara y vio todo lo que hizo. Tenía tantos fragmentos separados del palimpsesto y no sabía como ordenarlos.
Por eso escribió en su libreta todo. Mejor escribir y tachar que dejar las piezas regadas en los cajones, unir cada pedazo en un solo texto, que tenga de todo y recoja cada parte. Pero no quedó bien. Guardar todo, mejor, así no se pierde nada aunque esté separado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario