martes, 6 de abril de 2010

La hora del transporte público

Si bien las situaciones premeditadas, programadas, fastuosas, por las cuales se espera con ahínco son aquellas que dejan una huella profunda en los hombres; las situaciones cotidianas sazonan la vida diaria debido a que imprimen cierta emoción, estar a la expectativa sin estarlo al mismo tiempo, y, en ocasiones, lo regular se convierte en extraordinario sin planearlo.
Ahora bien, el muchacho de la chamarra roja se apresura para subir al metro y tomarlo. Cada día va más tarde a la escuela. Viéndolo bien su vida se resume a ser un estudiante de tiempo completo, siendo normal y llevando todo como tal.
Cruzándose, por otro lado, un mundo de personas, las cuales llevan la misma prisa, dirigiéndose hacia sus trabajos o facultades. Es la rutina diaria, es lo cotidiano.
Cuando dos personas se encuentran en un mismo lugar y las miradas se conectan puede ser una chispa o un mar de separación. Puede usted ver a los dos jóvenes, al fondo, reunirse para establecer comunicación, sin importar que tan desconocidos pueden ser sus universos.
En los asientos del frente, una madre que duerme a boca abierta, mientras su hijo juega con un muñeco de acción. Al recorrer lo demás con la vista, parece tan común y su magia radica en los pequeños detalles.
Después, el de la chaqueta color de granada espía y se entromete en una conversación de celular. Escucha los argumentos de una mujer al pelear con otra persona (al parecer su novio). Discuten sobre la atención y la falta de tiempo, problemas normales.
Si usted sigue observando, encontrará que la mujer que trabaja en la tienda de autoservicio trae una mancha de aceite en la playera, también al joven que llora, escondido en un rincón del vagón y un viejo, descalzo, pide dinero y ahora da la vuelta y deja ver las grandes grietas en sus plantas, el desgaste de sus pasos...

[Por lo menos alguien ha sazonado el día. Después ese mismo joven entrecruzó miradas con otros jóvenes para después escapar de sí mismo...]

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