lunes, 1 de noviembre de 2010

Espíritus

Sonidos agitados en el centro de una casa. Retumban los ecos entre los muebles viejos y desgastados. La suela de los zapatos rechina en las tablas que uno va pisando. Cada paso es parte del aliento de la casa misma.
En una recámara, a media luz, mientras cae la tarde, resuena el teléfono antiguo. Una voz se escucha del otro lado. Sus palabras son tan veloces que no se entienden. Cuelgo. Las luces tintinean como señal de una instalación eléctrica pobre.
Me paro ante la ventana, al caer del atardecer sobre la ciudad. Las sombras pasan rápidas detrás de mí, sus susurros se escuchan, claro y fuerte. Decido no voltear. Veo como el sol va caminando lentamente.
Un par de velas prendidas se apagan al igual que las luces. Los focos de afuera son los testigos de los raros sucesos de esta vieja casa. Los espíritus salen a gozar de noche y en este día soy uno de sus invitados. Sus voces son parte del espectro mental al que estoy conectado: son una interferencia radiofónica que termina por sintonizar una estación y dejar que la música corra.
Los candiles del salón principal se encienden. Todos se sientan a la mesa. No hay comida, sólo plática sobre sonidos extraños, confusiones sensoriales, albercas de infinita soledad después de otro año. El tiempo pasa veloz y la noción de las horas queda atrás.
De un momento el silencio se apodera abruptamente de la habitación. Las luces brillan como lo hacen los demás días y se mueven de un lado hacia otro, balanceándose como un columpio vacío. Los espíritus se habían marchado y sus voces que escaparon veloces encendieron la radio, en la convergencia de todas las estaciones, la que siempre está al momento de encender el aparato. Poco faltaba para el amanecer. El olor a nardos era muy fuerte...

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