Mientras lees, yo estoy deshaciendo estas letras que ahora ves.
¿Ves? ¿No ves? ¿Qué es lo que ves? Aquí está el punto, encerrado entre estas cortinas, temblando en la oscuridad de esta habitación. Lo ves pero no. Hay una luz que entra por el marco de la ventana. Ahí está, lo ves y no.
Las imágenes que habías tomado están aquí, en estos fotogramas, en esta película. Tomas el encendedor y pasas la flama por debajo de cada recuadro. Sus rostros se queman. ¿Has visto los rostros quemados? No, tú no sabes de la negritud del fuego.
Tú ves, en esta oscuridad, lo que quieres ver, lo que puedes ver, pero no lo que hay. Turbulento, cierra los ojos y después mira. Sigues quemando la película, sigue tu cara en claroscuro, sigue el viento soplando entre las ramas, y tú adentro, donde no hay nada, donde los colores no se distinguen.
Atrás, allá en lo más profundo de estos cuartos, no entra la luz. Allá, donde bajas las escaleras y llegas a un pasillo alumbrado por velas, permaneces dubitativo. Tus pensamientos no están enlazados con tu sangre, tu sangre está fuera de tus venas, tus venas saltan de tu piel morena y tus poros se rompen con el aire.
Has cambiado todas estas flores frescas por naturaleza muerta, los sabores por olores y estas ventanas por tapones. Te has vuelto primitivo, fuera de toda letra y costura. Te has reflejado en epitafio y tumba, en estas hierbas muertas, en este pasto seco, en aguas con sabor a metal.
Emotivo, a la luz de la luna. Muerto, a los rayos del sol. Cubierto, en todo momento. Te has mirado al espejo y no has encontrado más que un trozo de película quemada, un olor a gasolina y fuego.
Enciendes una fila de lámparas en un salón y miras toda la mesa llena de estos recuadros, ennegrecidos, fuera de foco. Ahora son invisibles, con siluetas calcinadas y miradas desvanecidas. Los ves y no encuentras nada, porque la luz mortecina apenas te deja distinguir tu propia sombra.
Regresas por las escaleras, levantas el polvo y se hace una nube gris. Caes al piso y muerdes toda esa voluta, ese humo. Caes y pareciera que te cortas con navajas oxidadas, que se enganchan a tu vientre. Te das la vuelta y respiras.
¿Vi? ¿No vi? ¿Qué es lo que vi? Aquí está el punto, entre estas paredes llenas de luz, mientras respiraba, acostado en el tapete de este cuarto. El polvo se levantaba y veía todas las sombras proyectadas a la luz del sol.
¿Lo has visto? No, porque tú no sabes cómo es un rostro quemado, porque tú no sabes cómo es morir en un fundido. Puede que esté muerto, puede que esté vivo, pero no lo sé. Turbulento, deshecho, siempre yago en negativo.
Como siempre me gusto mucho tu texto, muy de tu estilo, la verdad hasta me identifique, muy etéreo
ResponderEliminarInquietante. No sé por qué fue esa mi reacción al leerlo.
ResponderEliminarEs bueno, mucho.
Emotivo, a la luz de la luna. Muerto, a los rayos del sol.
ResponderEliminarsiempre al quemar algo obtenemos algo cenizas, y las cenizas que son para usted... muy buen texto sigue sorprendiendonos