Para la noche el transporte público, los automóviles y las banquetas están repletas de ellos. De ellos es la oscuridad del cielo, a la luz de la luna. Se relacionan con sabores que avanzan lentamente por el paladar, como picantes botanas, como la amargura de la cebada, como el dulce de las paletas.
En esta ciudad hay tantos amantes cuantas luces se pueden observar desde el punto más alto. Sus papilas gustativas repasan toda la gama de sensaciones que pueden tener. Los olores del amor se van incrementando conforme las horas pasan.
Dos jóvenes caminan, tomados de la mano. Bajo la luz de un farol se dan un beso. En un vagón del metro una pareja de señores van abrazados mientras se cuentan del día y sus acontecimientos. En un cruce importante se detiene un coche rojo, del cual se ve una muchacha que, enojada, reclama algo a su acompañante, quien, a juzgar por aquello, parece ser su novio.
Después de medianoche, se hacen presentes los sonidos complejos, los olores fuertes y los sabores ácidos. Los reclamos se vuelven insultos y terminan en violencia; las caricias suben de tono; la indiferencia se hace cada vez más grande, al igual que el espacio y el tiempo.
Silencio... En calma, si se escucha con atención, se percibe la lentitud del espacio aproximándose y separándose. El tiempo se distancia y regresa lleno de luz que nuevamente rompe en colores para dar paso al alejamiento de los amantes, los cuales van sumergiéndose en la cotidianidad del trabajo, la escuela o la vida simple y a la vez compleja de los hombres.
Yo quiero que mi amor sea de color violeta...
ResponderEliminarTengo que decir algo?
ResponderEliminarno podria we...
Chale...