Días de sol hay muchos en nuestro existir pero ninguno como el que le voy a relatar, querido lector. Un día en que había mucha luz y el cielo se podía ver claro, en que el tono azul era demasiado intenso, tanto, que hasta lastimaba los ojos...
Aquella mañana, alrededor de las 10, el mismo muchacho que pasaba diario volvía a su cita, a su clase. Al salir, cuando ya era mediodía, sintió algo que invadía sus venas lentamente y recorría su cuerpo con rapidez. Fue tomando lo mejor de él y la felicidad estuvo en su organismo.
Comenzó a correr y así fue, bajo un cielo abierto y tan azul que era de impresionarse al verlo. Parecía una cosa de fotografía alterada pero era tan real como lo eran los edificios por los cuales pasaba el muchacho.
Nada parecía estorbarle y seguía veloz, como si fuese al encuentro de algo. De pronto un obstáculo que no vio, apareció en su camino: una pequeña piedra hizo que tropezara y cayera al suelo en gran estruendo, perdiendo el control de sí mismo y, debido a su rapidez, no dio tiempo a reacción alguna.
El mayor golpe fue en su cabeza. Al estar tirado en el suelo empezó a brotar sangre y se hizo un pequeño charco. Sus cabellos negros quedaron cubiertos de ella, al igual que parte de su playera blanca... Sin embargo él podía tocar y ver el líquido viscoso sin sentir dolor por el impacto. Así pues, se levantó y continuó corriendo.
Dentro de él abundaba la felicidad, en su cerebro pasaban líneas de una canción en inglés: Would you always? Maybe sometimes? Make it easy? Take your time... Y ahí estaba corriendo, esperando a que sucediera, feliz, sin darse cuenta de que un dolor silente lo acabaría poco a poco.
Aire iba y venía, el sol en su pleno apogeo y el cielo conservaba su azul. Los colores eran tan intensos y las imágenes tan nítidas que llegó un momento en el cual realidad y fantasía se fundían en una sola. Repentinamente volvió a caer y el rojo de la sangre era más fuerte, el charco más grande y el sentimiento menor.
El día soleado terminó en el pasto. Lleno de sangre se levantó y siguió, ahora caminando. La noche le cubrió con su oscuro manto. Una sonrisa le iluminaba el rostro y los focos incandescentes de las lámparas urbanas brillaban tanto que no dejaron ver las gotas de cristal que corrían por sus mejillas.
No logró darse cuenta de su muerte. La felicidad lo había llenado demasiado, como nunca en su vida, que no pudo ver su fenecer cubierto de rojo escarlata y combinado con un blanco muy luminoso. Todo sucedió un día de esos que transcurren como si no ocurriese nada. Sólo puedo decir que sus ojos negros, cuando cayó la primera vez y antes de volver a alzarse, quedaron abiertos y se veían como dos canicas negras brillantes, las más hermosas aunque inertes ya.
[Si tan solo pudieras verme de la forma que te miro, si no fuera transparente a tus ojos, mi interior se llenaría de felicidad... Con cariño, para ti]
**Texto escrito en octubre de 2009. Gracias por haber dejado tu huella aquí.
¡Es jodidamente bueno!
ResponderEliminarLa belleza el final, quiero desvanecerme así...
¿quieres unos dulces?
¿quieres ver muchos colores conmigo?
Qué le puedo decir...
ResponderEliminarMe ha gustado demasiado el manejo del tiempo aunque siento que se frenó un momento y saltó del día a la tarde y muy pronto a la noche, sin embargo, eso le da un toque especial y abrupto al texto.Tal y como fue la muerte. La cual fue simbólica ¿no?
Me encantó q usarás parte de la canción de Grizzly Bear y con ello supongo para quién es. Tambiñen creo que ya lo había leído antes entre tus textos.
En octubre las lunas son más bellas, en octubre hubiera querido perderme aquél abril...