viernes, 28 de enero de 2011

Meditaciones musicales (II)

Sueño. El dolor se equipara al sueño en altas velocidades. Sueño, una etapa que posee la misma cualidad etérea desvanecida entre sonidos suaves, los cuales van incrementándose y suben de volumen y nivel.
Sueño despierto, viendo las hojas de los árboles que cubren el camino. Cierro los ojos y me dejo caer sobre el respaldo del asiento. Una voz resuena en eco por las esquinas de mi cabeza y se va con ella la mente en un viaje pequeño. Es la fugacidad combinada con el inicio de los paisajes del deseo.
Correr y soñar despierto, cuando la velocidad baja repentinamente y de golpe. El tiempo se detiene entre el sol filtrado por las ramas, la memoria velada a la luz, la piel quemada al invierno, la desaparición momentánea y súbita.
La velocidad regresa completa y de lleno. La felicidad pega con todo, como una bala que perfora la espalda y tira al caminante, matándolo, dejándolo inerte. Respira hondo, huele los troncos húmedos por el frío, refúgiate bajo el toldo blanco, el reflejo del sol cae sobre la pintura brillante.
El dolor cede ante el sueño completo y complejo, el cual se extiende por los caminos de mediodía y llega al atardecer. El cielo rompe en sonidos azules, anaranjados y rosados. Las estrellas se avecinan como breves focos, presentes durante la bóveda oscura de la noche y los árboles en sus más profundas formas y siluetas, ausentes de la luz pero presentes en esencia.
Sueño, un inacabado momento, una extensión del dolor que se tuerce en formas bellas desde el día y desemboca en el río de óleos rojizos proyectados al cielo durante la muerte diaria del astro solar. Sueño que va y viene en continuo canto de sirena, hipnotizante e intrincado, compañía de las curvas a gran velocidad.

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