Después de los lapsos ininterrumpidos de belleza de la noche me dispuse a dormir. Fue anoche cuando soñé que me sentaba frente al escritorio y abría mi libreta. Escribía un par de palabras y unos cuantos pendientes, garabateaba sobre la dureza de las hojas y acariciaba la negra piel de la cubierta.
De pronto giré la silla cuando tu sombra se apareció, tras de mí. Estabas parado, mirándome, o más bien yo supuse que la mirada era hacia mí. La realidad es que no lo supe porque tus ojos se perdían cada vez más en el espacio. Estaba sentado, con la libreta en las manos y la pluma roja a mitad de las páginas. Las hojas del árbol se movían con el aire frío de afuera, el sol de mediodía invadía por la ventana, los libros soltaron una pequeña cortina de polvo cual último aliento, como si nunca más fueran a abrirse.
Regresé de frente al escritorio y escribí lo que pude. En letras rojas conecté palabras sin sentido, operaciones lógicas y signos matemáticos. Te habías puesto de cuclillas y respirabas sobre mi cuello. El tiempo se detuvo un momento, los libros explotaron, la puerta se azotó, el aire se hizo viento, el sol entraba más intenso.
Giraste la silla y me viste, no pasó nada, no pude mover un dedo. Tomaste mi mano y cerraste los ojos. Pareció que ese par de minutos (o tal vez segundos) duró horas enteras. El único sonido audible fue el de mi respiración contenida que salió despavorida en un suspiro. Pusiste tu cabeza en mi hombro y ahí desperté...
La lámpara estaba encendida, la noche había sido interrumpida de mí y por mi sueño, al mismo tiempo que mi sueño fue interrumpido por la noche. Una lágrima rodaba mi mejilla derecha. En las manos sostenía la libreta con la pluma azul que dejó caer su tinta sobre la página y lo que había escrito desencadenó otro suspiro...
Y le felicito por escribir, eh. Escribir sin tregua, aunque parezca que nadie lo lee a uno. Saludos.
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