viernes, 22 de octubre de 2010

El tren de las 5:15

Las ciudades, grandes entes que se vaporizan bajo los rayos de los días soleados y el contraste cromático del día a día. La gran ciudad se convierte en otra, se camufla entre los árboles y las fachadas de los edificios, adquiere una nueva cara.
Sobre el pasto se recuestan a mediodía. Los transeúntes continúan su agitado caminar para llegar a los encuentros pactados en los cafés de ayer y más atrás. Pasarán algunas horas antes del momento de llegar al tren de las 5:15.
El sol va sobre su eje. Camina para romperse al atardecer. Previamente, todos los rostros esperan por el tren, el último antes de que el sol comience a caer, el último que recorre la ciudad con el breve mosaico de colores antes de la oscura noche, a las 5:15.
El gran astro se desangra sobre la manta azul, entre nubes y luces que van encendiéndose poco a poco. La ciudad se va haciendo más etérea, suelta sus vapores y da paso a la luminosidad del sodio y el mercurio, después de que el tren de las 5:15 ha surcado las burdas costuras de la urbe.

No hay comentarios:

Publicar un comentario