Detenidos ante la transitada avenida, bajo el reflector solar a mediodía. De color negro los trajes, cuatro hombres sostenían sobre sus hombros la caja final. Sus rostros parecían imperturbables, como si sus nervios fueran de acero y no lograran penetrar en sus ojos las lágrimas.
El semáforo se tornó rojo y pudieron entonces cruzar la calle. La gente caminaba, los niños reían, los hombres se ocupaban de sus negocios en sus celulares. El mundo seguía andando y, sin embargo, te quedaste pasmado ante la funesta procesión que frente a ti pasaba.
Los pájaros alzaban el vuelo. Grises como los ojos que dejabas en el baúl fúnebre. Los percibías cual cámara lenta. El lugar estaba vacío, las personas eran desconocidas, tu soledad te había acompañado, vestida de oscuro encanto y luciéndose para la ocasión.
El largo saco negro cubría una elegancia que contrastaba con la juventud de tu cara. Tu tristeza permeaba en cada punto de tu mirada, la luz no te calentaba. Sabías que en algún momento llegaría este día pero nunca estuviste preparado para enfrentar la impresión de ver todo el acontecimiento en vivo.
Lograste enjugar el llanto. Contener el mar de sensaciones en ti fue uno de tus más grandes éxitos. Reparaste sobre la tierra las cuatro cruces. Sentías como se posaban sobre tu espalda y llenaban de pesares tu ser, poco a poco. El sol seguía su curso, aunque pendiente de tus acciones.
Los hombres descargaron el ataúd. Dejaron al desnudo parte de tu alma que se iba aquel día, en un cuerpo a punto de pudrirse en belleza con aroma a rosas. Respira hondo, el dolor terminará por irse.
Mientras, lo único que pudiste hacer fue llorar en silencio, sobre el cofre de la muerte, un baúl café con el cual se iba un sueño, un aliento, un juego. Nuevos días vendrán, nuevos bríos acudirán en tu auxilio, la memoria fallará en algún momento.
De pronto, una voz clara y fuerte te dijo: "Mi amigo, siempre viene el olvido, tarde o temprano, para llevarse esas pesadas piedras. Es cuestión de ser paciente e incólume, llegará cuando sea debido." Esa voz tan familiar se desvaneció con el fuerte viento del otoño, aquel que se llevó las cruces. Después, no volviste a escucharle jamás.
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