Tal vez era una exageración o una excentricidad llevada a lo más radical de su propio existir, pero a José nunca le gustaron las luces de la ciudad por la noche. De no ser porque su vida empezó a desarrollarse, desde hace unos cuatro años, en la tarde-noche, él no se hubiera dado cuenta del impaciente fulgor de los grandes focos a la lejanía.
Entre luces de sodio, lámparas de mercurio y puntos resplandecientes de neón, José se paseaba con un gesto de disgusto. De su vestimenta se desprendía un dejo de tristeza en las rayas azules y cafés de un suéter desgastado, con un pantalón negro y unos tenis del mismo color. En su mano derecha portaba un anillo discreto y en su muñeca colgaba una pulsera pequeña, color café.
Sus lentes eran de pasta, aunque él hubiera preferido unos cuadrados que no estuvieran "a la moda". Su barba había tenido un mal día, aunque personalmente creo en el sello personal de ese nuevo accesorio, el cual le valía un éxito casi seguro con varias personas. Sus ojos negros contrastaban en un alto grado con la blancura de su piel y sus rasgos finos saltaban ante su mirada penetrante.
Ojos bien abiertos, excelentes espectadores de los aviones al atardecer. El sol y su esplendor van de la mano de la caída del ánimo de su corazón al ver estridentes e intermitentes luces. Siente su pecho aprisionado no sólo por su belleza natural en su pelo, sino también por esos focos, circundantes como una prisión de la cual no hay salida.
Una noche, al salir del académico encierro en las cúpulas de madera, corrió hacia los intrincados circuitos. Voces metálicas se posaban en sus oídos. Distraído, empezó a caminar entre los carros, sin prestar atención alguna a las máquinas salvajes en las avenidas. Después de sentir el aire de cada auto y su estela de gas en sus fosas nasales, una fuerza le llevó abruptamente a otros universos.
Una embestida lo hizo volar sobre tres parabrisas. Las luces de la ciudad, las despreciadas por su mente y actitud, fueron testigos de su acontecer. Una sirena lejana, música desconocida, respiración de un incipiente estudiante que se desvanecía. Una realidad alterna y deshecha en las siguientes palabras.
Al sentir la embestida, los ojos de José se abrieron y se vio en la oscuridad de su cuarto, mientras se sincronizó con la caída sobre su colchón. Se reventó y explotó en una alberca, un hoyo en forma acuática le devoró y lo hizo volver a respirar. Sudaba frío pero no distinguía si era su transpirar o el escurrir del agua sobre su frente.
Me gusta aunqe me dejo queriendo saber que más pasa supongo fue algo a proposito
ResponderEliminarah que Jose ame las cupulas de madera, las voces metalicas y las maquinas salvajes, las imagine tal vez las olí.
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