Se dirigió a la cocina, con el antebrazo sobre el estómago. En el ambiente se percibía el delgado filo de la medianoche. Calentó un poco de agua para prepararse un té. La dejó y fue a sentarse en su sillón favorito. El dolor empezaba a ser más fuerte. Se puso ambas manos sobre el regazo y se quedó ahí. La camisa estaba húmeda. No era sudor ni agua, era la sangre que escurría de la herida. El cuchillo del otro le había atravesado y el letargo que el helado aire le provocó no le dejó sentir el filo encajándosele. Al levantarse, vomitó del dolor y fue arrastrándose por el suelo. Consigo, se llevó las trazas de la comida a medio digerir. La sangre comenzaba a salir más y más, el sonido del agua hirviente lo cegó por un instante. Ante la puerta de la recámara, dio un golpe. Cuando logró abrirla, la lámpara de piso encendida, la gran maleta al fondo, la cama, las cortinas cerradas y el hombre que estaba sentado en un sillón de tapiz café, absorto en las últimas letras de una novela.
domingo, 27 de noviembre de 2011
La noche y sus secuelas
El tren sale de la estación y sigue su camino. Rápido, busca llegar al otro extremo del continente en menos de tres horas. Jaime se toma un momento para elegir un asiento y, mirando por el ventanal, se aleja de aquel frío lugar. Pasan unos cuantos minutos y saca el libro que ha leído por varios días, aquella novela que le ha consumido el tiempo y ha jugado con su mente. Página tras página, sigue todas las acciones, invadido por la curiosidad y embebido por la suavidad del asiento. Al llegar al "otro extremo" del mundo, dejó la historia en sus últimos capítulos. La noche ya asomaba su mirada por el firmamento. Cuando estuvo en su casa, Jaime retomó la lectura, sólo con la lámpara de piso encendida y el resto de la casa a oscuras. Iba devorando, oración tras oración, los últimos instantes de la trama, observando la breve persecución. Detrás del hombre iba otro, uno que dejaba ver su insano estado. Las lámparas de mercurio bordeaban la calle, las sombras de los postes parecían alfileres gigantes clavados en el suelo. El frío les impedía correr, pero el primer hombre se apresuró a caminar hacia la casa y el segundo no podía seguir su ritmo. Al llegar a la puerta, la abrió con gran rapidez y cerró con todas las cerraduras. Retomó el aliento recargándose en la madera y ahí se quedó por unos minutos.
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:D!!!!! genial :D
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