Plumas negras, cayendo de las oscuras nubes. Los voladores nocturnos salieron a las calles a devorar los últimos rayos de luz, proyectando sombra tras sombra por toda la urbe. Alas negras que surcaban el cielo en oscuridad, a vuelo rápido y fugaz.
Las imágenes de los ángeles, venidos desde las altitudes, se hacían visibles en los puntos más alejados de los incandescentes focos citadinos. Portadores de las voces más oscuras de los hombres, venían a llevarse los espíritus escondidos, los faltos de rojo escarlata en las venas.
Sus pieles blancas refulgían y contrastaban con los reflejos tan azules de sus pupilas. No son las ortodoxas formas de la espiritualidad, son las representaciones de una abstracción que se muestra únicamente fuera de luces, fuera de foco.
Cubrieron los cuerpos con un líquido viscoso, negro, denso como el aceite, dulce como la leche. Los ángeles oscuros devoraban con facilidad la soledad, los vuelcos fallidos, las profundas oquedades. Fueron combinaciones entre gravedad y suspensión en el aire, movimientos sutiles e imperceptibles a simple vista.
Un sonido de teclas etéreas, un piano a la lejanía, despedía a los voladores a mitad de la madrugada, cuando la oscuridad todavía sumía a las calles en su manto. Los espíritus se cubrían de las burbujas aplastadas de aquel elemento, escurriéndose por cada espacio de piel, jugando entre los dedos y el pecho.
Esos seres a la deriva se convirtieron en un alimento intangible para los ansiosos de absorber, uno por uno, los gramos de lucidez y pasión. Dejaron sus ojos como canicas sin brillo, sus manos delgadas y sus rostros ausentes.
Me gustó mucho la descripción de los ángeles. Muy bueno!
ResponderEliminar