"Somos extraños en una tierra extraña, vagando por los oscuros rincones del lugar."
Contraste entre las dos magnitudes más evidentes en la naturaleza, la danza entre dos entes tan lejanos y, al mismo tiempo, tan cercanos. Un calor que desprende la estela luminosa, una sensación de intensa humedad en la oscuridad de sus pensamientos.
Recostado sobre un espejo de agua, visto desde la penumbra del cielo nocturno. Nublado. La luna se esconde detrás de las máscaras etéreas de la lluvia que todavía no cae. Sudando frío, las gotas recorren el cuerpo y no es posible distinguir entre el dulce sabor del agua y el salado choque del sudor.
Escala de grises sobre placas bañadas en plata, una abstracción de la imagen del ser en cuartos oscuros. Proyecciones infinitas de la luna sobre ella misma. Azul. Oscuro. Los brujos se camuflan entre los árboles que rodean el espejo de agua, de un lado. Al frente las grandes barreras de cemento, con pequeños ojos ahumados. Cierro los ojos, los pensamientos pasan como las pesadas gotas sobre la piel.
Las superficies se hacen sensibles a la humedad del ambiente. La noche se extiende por las alturas como las heridas se hacen más hondas en el corazón. Las oposiciones siguen danzando arriba, alineadas como las estrellas que forman constelaciones. La bóveda celeste es un gran escenario y los destellos son los bailarines. Yo soy el espectador, sobre el mismo espejo, hundido en los profundos pesares.
Dos extraños en una tierra extraña. Dos seres en un planeta desconocido. Dos formas de percibir la oscuridad en tiempos de rara lucidez. Es un ritual infinito, un cambio de personajes, una misma historia contada más de mil veces. Un baile que termina lleno de rojo, cubierto con una coraza gris. Pensar sobre las aguas oscuras de aquel lugar, un día previo a las explosiones solares otoñales. Recordar sobre olvidadas flores, marchitas, como me quedé ciego a plena luz del día.
Recostado sobre un espejo de agua, visto desde la penumbra del cielo nocturno. Nublado. La luna se esconde detrás de las máscaras etéreas de la lluvia que todavía no cae. Sudando frío, las gotas recorren el cuerpo y no es posible distinguir entre el dulce sabor del agua y el salado choque del sudor.
Escala de grises sobre placas bañadas en plata, una abstracción de la imagen del ser en cuartos oscuros. Proyecciones infinitas de la luna sobre ella misma. Azul. Oscuro. Los brujos se camuflan entre los árboles que rodean el espejo de agua, de un lado. Al frente las grandes barreras de cemento, con pequeños ojos ahumados. Cierro los ojos, los pensamientos pasan como las pesadas gotas sobre la piel.
Las superficies se hacen sensibles a la humedad del ambiente. La noche se extiende por las alturas como las heridas se hacen más hondas en el corazón. Las oposiciones siguen danzando arriba, alineadas como las estrellas que forman constelaciones. La bóveda celeste es un gran escenario y los destellos son los bailarines. Yo soy el espectador, sobre el mismo espejo, hundido en los profundos pesares.
Dos extraños en una tierra extraña. Dos seres en un planeta desconocido. Dos formas de percibir la oscuridad en tiempos de rara lucidez. Es un ritual infinito, un cambio de personajes, una misma historia contada más de mil veces. Un baile que termina lleno de rojo, cubierto con una coraza gris. Pensar sobre las aguas oscuras de aquel lugar, un día previo a las explosiones solares otoñales. Recordar sobre olvidadas flores, marchitas, como me quedé ciego a plena luz del día.
Qué cosa tan bonita!!!! Me encantó! soy fan ya sabes jeje seguiré leyendo
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