Cuando alguien habla del gusto se pueden entender muchas cosas. Regularmente se relaciona con la preferencia o el sentido que explota diversas sensaciones y experiencias. Hablando del segundo, lo mejor es probar de todo, tratando de no dejar algo fuera de las combinaciones realizadas con los diferentes sabores.
Al igual que los colores, los sabores abren la percepción de la vida más allá de lo imaginable, aunque no exista una gama tan extensa como en los pigmentos. Amargura en una cáscara de limón, lo salado del agua de mar, dulzura en la miel y la acidez del vinagre...fusionados crean sensibles experimentos.
Hay quienes poseen en las manos la magia y la capacidad para ser artistas del plato, logran emplear los ingredientes exactos y hacen armoniosas sinfonías gustativas o contrastes experimentales que se desatan en la lengua.
El disfrute de la comida, los sabores que resaltan la monotonía de la cotidianidad, provocan un lleno en el interior. El ritual diario, en el cual se sienta uno a la mesa y come, se debe sentir no sólo por hambre, sino también para descubrir la novedad que cada platillo puede ofrecer.
Afortunadamente el sabor no desaparece tan fácil, sólo cuando se está enfermo o bien, si se excede en un solo tipo de sensación. Sin embargo, es una pena desdeñar tan bello sentido en cosas simples...es algo que se hace constante.
[Sabores, sabores y más sabores... Dulce melancolía, amarga felicidad, saladas lágrimas, ácidas sonrisas... Parece que todo da vueltas y el corazón no aguanta, el estómago se desgasta y lo insípido de la vida se complementa con las sensaciones...]
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